A medida que el entorno de operaciones militares se torna más complejo y las armas a disposición de los combatientes se transforman en más letales, también deben evolucionar las habilidades y la capacitación de los combatientes para que estos puedan desenvolverse de forma efectiva en este medio. Los combatientes deben contar no solo con experiencia técnica en el uso de sus herramientas, sino también con las habilidades cognitivas necesarias para evaluar situaciones y tomar decisiones en el ámbito ético, incluso cuando estas son extremas. Los nuevos tipos de conflictos llevan a nuevos desafíos éticos para la protección de aquellos que están en situación de peligro.

En las últimas dos décadas, los aspectos de género en los conflictos, y también la violencia sexual a gran escala en estos, así como sus implicancias en la resolución sustentable de conflictos se han convertido en factores importantes de los discursos de paz y seguridad. La violencia sexual sobre miembros de las fuerzas armadas, ya sean de género masculino y femenino, ha sido reconocida, en los últimos años, como un principal desafío ético y de liderazgo. Existe una clara conexión entre la conducta ética dentro de las fuerzas armadas y la conducta en las operaciones militares. Estos discursos reducen la brecha entre investigadores (por ejemplo, en los campos de ética, feminismo y derecho internacional) y profesionales (por ejemplo, en la ONU, en organismos regionales como la OTAN y los estados miembro). En particular, el Ministerio de Relaciones Exteriores del Reino Unido (Foreign and Commonwealth Office, FCO) ha estado a la vanguardia de la investigación sobre la violencia sexual en conflictos armados.

Al mismo tiempo que se reconocen estas cuestiones (a las que incluso no se presta la atención que se merecen), las nuevas tecnologías, como guerras cibernéticas o con drones, o incluso las tecnologías subletales o directamente no letales, presentan nuevos desafíos al pensamiento actual sobre discriminación y proporcionalidad. Entonces, el daño ya no puede ser considerado en un sentido estrictamente físico. Los procesos de neuromejora aplicados sobre combatientes que los convierte en ‘superiores’ a otros ciudadanos, en términos físicos y mentales, derivan en cuestionamientos profundos no solo sobre las relaciones civiles-militares sino también acerca de los límites de qué puede esperar una sociedad de sus servidores. Considerando que el derecho suele alcanzar el nivel de innovación militar y abrazar los cambios en actitudes sociales sobre lo que es permisible o incluso esperable, es cada vez más difícil determinar qué es lo correcto desde una perspectiva de ética militar.

Sin embargo, existe un creciente reconocimiento de que la ética militar y una apreciación genuina e integral de las cuestiones de derechos humanos constituyen un componente esencial de la educación de los miembros dedicados al servicio público. Está comprobado que el fortalecimiento de la conciencia ética y la toma de decisiones basadas en la moral por parte del personal militar es una forma de reducir el daño innecesario y el sufrimiento en situaciones de conflicto. Aunque todavía no existe acuerdo alguno sobre cómo lograrlo efectivamente. Si puede demostrarse que ciertos métodos de educación sobre ética militar resultan favorables, y si estos enfoques pueden exitosamente replicarse en múltiples entornos, sería obvio que existe un beneficio sustancial para todos en relación con el mayor alcance posible.

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